Se va posando la tarde lentamente sobre este terreno de secano en el que descanso sin importarme demasiado el tiempo que se va consumando. Tengo las manos frías, pero las entrañas me hierven como hace mucho que no ocurría. Las ideas van y vienen junto al vaivén de las ramas de estos señoriales almendros que me proporcionan sombra física y emocional, y el embalse de la ilusión amenaza con desbordarse de un momento a otro. Sé que no es una quimera. Pero también sé que puedo perderme de nuevo, y su efecto puede ser casi tan devastador como lo que siento hoy por ti.
Senda serpenteante costeando viñas y olivos. Seguramente sea ésta la que me lleve a tu arcano mundo, atrayente y cautivador pero a la vez alarmante. Las dudas me las traen los suspiros de viento junto al recuerdo de tu imagen grabada en una foto digital, de tu voz quebrada por la distancia, de la extraña manera que tengo de imaginarte cuando voy dejando atrás kilómetros y besos secos por igual...
¿Qué hacer? Sé que nada es ni será igual que antes. No con esa sonrisa alumbrando mi invierno de esta forma. Aunque por momentos me desoriente, pierda el norte y la humedad de la noche me indique el brumoso camino de la huída hacia el lugar en donde un día me apagué y me volví a encender. Pero es tu voz la que me amansa y me abruma,la que me da vida y la que elige el color de mis días a su antojo...
Entonces, ¿por qué este afán por autocastigarme una y otra vez? ¿ Por qué me esfuerzo en convencerme de que no es que no sea el momento, si no que yo ya no tengo momento alguno? Empiezo a estar harto de los escritos a deshoras, de los besos al horizonte gris, de las bandas sonoras que achican al guerrero en armas. Cansado del despiadado que acumula historias de ensueño en cajones repletos de tinieblas,confuso por la fuerza que me brinda tenerte.
No puedo evitar a veces verme pequeño y perdido ante los torbellinos mentales y el azote del pasado, pero seguiré creyendo en lo que quiero creer, es lo que me has enseñado, aunque aún no lo sepas....
lunes, 30 de noviembre de 2009
martes, 24 de noviembre de 2009
Las flores de Azucena
Sé que lo más parecido a lo que estoy sintiendo estos días es mi silencio más sincero, el puro y embriagador recuerdo de cada instante que me has ido tejiendo en forma de acorde por algún lugar de mi alma. Lo único que podría dejarte claro qué es lo que rompe hoy contra mis venas sería verte una vez más, y no estos rastrojos de palabras que, si bien no se acercan en nada a lo que quiero contarte en mis cartas, sí logran hacerme temblar por dentro, cerrar los ojos y sentirte a mi lado tarareando alguna canción mientras recorres el centro de esta ciudad.
Hay una extraña sensación de abatimiento cuando me acuerdo de ti, cuando te escribo. Son mis cadenas las que pretenden teñir de tragedia esa sonrisa que me despierta por las mañanas junto a tu atronador abrazo, son mis brumas las que se disfrazan de amenazantes dudas a altas horas de la madrugada. Tu imagen es tan grande y nítida, tan verdadera y especial que me provoca inquietud. Y mi interior está tan arrasado por tu embrujo que me aterroriza la idea de que prenda, de que estalle en mil pedazos como lo ha hecho mi sentimiento ante tu beso de despedida...
Oscuridad, calma. Una calma desnuda que me cuesta mucho recordar. Me estás mirando tan de cerca que casi me escuecen tus miedos, tus florecidos patios cuidados por la primavera y tus tristes fotos en blanco y negro. Por un momento creo que me dices algo, pero tus labios siguen tan quietos y firmes como mis ganas de tenerte. Solo la apagada luz del televisor emitiendo vídeos musicales te enciende el rostro y muestra a mi visión la suavidad de tu mirada adormecida, que se fusiona con todas mis épocas pasadas, aplastándolas y a la vez pintándolas de un morado radiante. Todo cobra sentido ahora, las frases a medias, las ilusiones fugaces, el frío de mis noches en vela. Mil cartas al viento, un puñado de canciones y una historia que hace silbar a los árboles son ahora la respiración de tu pecho a fuego lento sobre mí. Respiro tu paz al dormir, me alimento de tu gesto relajado y del temblor de mis ojos mientras te observo. Sé que en este momento no hay nada que pueda destapar tu ánimo. Sé que no hay nada que pueda conseguir que olvide este momento nunca...
No me creo nada. Estoy tan seguro de lo que hago y de lo que siento que construyo sin quererlo nuevos dilemas. No hay temporal alguno, no hay tempestad que pueda llevarse tu silueta esculpida en pétalos de rosa lejos de mí. Sé lo que quiero y lo que necesito en cada momento, tengo muy claro el por qué de los tiempos que corren y de todo lo que ha acontecido. No puedo saber lo que nos deparará el traidor destino, el aparato eléctrico del día de mañana, los claros del cielo tras la lluvia, los paseos por el monte cuando caiga la tarde gris sin mi consentimiento, el fuego de la hoguera que calentará tus manos heladas en diciembre...pero sí sé que te voy a esperar como el que espera el reencuentro con uno mismo de una puta vez por todas.
Toda la tranquilidad y la serenidad aparente se van al traste con estas lágrimas para cerrar la noche. Es que puedo oler tu pelo, lo noto aquí. Estoy convencido de que esta noche de nuevo sigues cerca. No te has ido aún. Pero no quiero girarme para no verte. No quiero secarme la cara ni tranquilizar este nudo en el esternón. No hasta que no lo hagas tú. Vuelve a pedirme que te traiga esa flor que tanto añoras, no me importa que las colinas sigan envenenadas. Dame el pistoletazo de salida y espérame dormida...
Arrójate. Arrójate al vacío. No pienses en nada más, ya no queda nada más. Arrójate, hazlo por mí. Que no te lo impida el viento gélido ni la nieve cuajando. Arrójate sin remedio con los ojos cerrados. Hazlo ya.
Hay una extraña sensación de abatimiento cuando me acuerdo de ti, cuando te escribo. Son mis cadenas las que pretenden teñir de tragedia esa sonrisa que me despierta por las mañanas junto a tu atronador abrazo, son mis brumas las que se disfrazan de amenazantes dudas a altas horas de la madrugada. Tu imagen es tan grande y nítida, tan verdadera y especial que me provoca inquietud. Y mi interior está tan arrasado por tu embrujo que me aterroriza la idea de que prenda, de que estalle en mil pedazos como lo ha hecho mi sentimiento ante tu beso de despedida...
Oscuridad, calma. Una calma desnuda que me cuesta mucho recordar. Me estás mirando tan de cerca que casi me escuecen tus miedos, tus florecidos patios cuidados por la primavera y tus tristes fotos en blanco y negro. Por un momento creo que me dices algo, pero tus labios siguen tan quietos y firmes como mis ganas de tenerte. Solo la apagada luz del televisor emitiendo vídeos musicales te enciende el rostro y muestra a mi visión la suavidad de tu mirada adormecida, que se fusiona con todas mis épocas pasadas, aplastándolas y a la vez pintándolas de un morado radiante. Todo cobra sentido ahora, las frases a medias, las ilusiones fugaces, el frío de mis noches en vela. Mil cartas al viento, un puñado de canciones y una historia que hace silbar a los árboles son ahora la respiración de tu pecho a fuego lento sobre mí. Respiro tu paz al dormir, me alimento de tu gesto relajado y del temblor de mis ojos mientras te observo. Sé que en este momento no hay nada que pueda destapar tu ánimo. Sé que no hay nada que pueda conseguir que olvide este momento nunca...
No me creo nada. Estoy tan seguro de lo que hago y de lo que siento que construyo sin quererlo nuevos dilemas. No hay temporal alguno, no hay tempestad que pueda llevarse tu silueta esculpida en pétalos de rosa lejos de mí. Sé lo que quiero y lo que necesito en cada momento, tengo muy claro el por qué de los tiempos que corren y de todo lo que ha acontecido. No puedo saber lo que nos deparará el traidor destino, el aparato eléctrico del día de mañana, los claros del cielo tras la lluvia, los paseos por el monte cuando caiga la tarde gris sin mi consentimiento, el fuego de la hoguera que calentará tus manos heladas en diciembre...pero sí sé que te voy a esperar como el que espera el reencuentro con uno mismo de una puta vez por todas.
Toda la tranquilidad y la serenidad aparente se van al traste con estas lágrimas para cerrar la noche. Es que puedo oler tu pelo, lo noto aquí. Estoy convencido de que esta noche de nuevo sigues cerca. No te has ido aún. Pero no quiero girarme para no verte. No quiero secarme la cara ni tranquilizar este nudo en el esternón. No hasta que no lo hagas tú. Vuelve a pedirme que te traiga esa flor que tanto añoras, no me importa que las colinas sigan envenenadas. Dame el pistoletazo de salida y espérame dormida...
Arrójate. Arrójate al vacío. No pienses en nada más, ya no queda nada más. Arrójate, hazlo por mí. Que no te lo impida el viento gélido ni la nieve cuajando. Arrójate sin remedio con los ojos cerrados. Hazlo ya.
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