Sé que lo más parecido a lo que estoy sintiendo estos días es mi silencio más sincero, el puro y embriagador recuerdo de cada instante que me has ido tejiendo en forma de acorde por algún lugar de mi alma. Lo único que podría dejarte claro qué es lo que rompe hoy contra mis venas sería verte una vez más, y no estos rastrojos de palabras que, si bien no se acercan en nada a lo que quiero contarte en mis cartas, sí logran hacerme temblar por dentro, cerrar los ojos y sentirte a mi lado tarareando alguna canción mientras recorres el centro de esta ciudad.
Hay una extraña sensación de abatimiento cuando me acuerdo de ti, cuando te escribo. Son mis cadenas las que pretenden teñir de tragedia esa sonrisa que me despierta por las mañanas junto a tu atronador abrazo, son mis brumas las que se disfrazan de amenazantes dudas a altas horas de la madrugada. Tu imagen es tan grande y nítida, tan verdadera y especial que me provoca inquietud. Y mi interior está tan arrasado por tu embrujo que me aterroriza la idea de que prenda, de que estalle en mil pedazos como lo ha hecho mi sentimiento ante tu beso de despedida...
Oscuridad, calma. Una calma desnuda que me cuesta mucho recordar. Me estás mirando tan de cerca que casi me escuecen tus miedos, tus florecidos patios cuidados por la primavera y tus tristes fotos en blanco y negro. Por un momento creo que me dices algo, pero tus labios siguen tan quietos y firmes como mis ganas de tenerte. Solo la apagada luz del televisor emitiendo vídeos musicales te enciende el rostro y muestra a mi visión la suavidad de tu mirada adormecida, que se fusiona con todas mis épocas pasadas, aplastándolas y a la vez pintándolas de un morado radiante. Todo cobra sentido ahora, las frases a medias, las ilusiones fugaces, el frío de mis noches en vela. Mil cartas al viento, un puñado de canciones y una historia que hace silbar a los árboles son ahora la respiración de tu pecho a fuego lento sobre mí. Respiro tu paz al dormir, me alimento de tu gesto relajado y del temblor de mis ojos mientras te observo. Sé que en este momento no hay nada que pueda destapar tu ánimo. Sé que no hay nada que pueda conseguir que olvide este momento nunca...
No me creo nada. Estoy tan seguro de lo que hago y de lo que siento que construyo sin quererlo nuevos dilemas. No hay temporal alguno, no hay tempestad que pueda llevarse tu silueta esculpida en pétalos de rosa lejos de mí. Sé lo que quiero y lo que necesito en cada momento, tengo muy claro el por qué de los tiempos que corren y de todo lo que ha acontecido. No puedo saber lo que nos deparará el traidor destino, el aparato eléctrico del día de mañana, los claros del cielo tras la lluvia, los paseos por el monte cuando caiga la tarde gris sin mi consentimiento, el fuego de la hoguera que calentará tus manos heladas en diciembre...pero sí sé que te voy a esperar como el que espera el reencuentro con uno mismo de una puta vez por todas.
Toda la tranquilidad y la serenidad aparente se van al traste con estas lágrimas para cerrar la noche. Es que puedo oler tu pelo, lo noto aquí. Estoy convencido de que esta noche de nuevo sigues cerca. No te has ido aún. Pero no quiero girarme para no verte. No quiero secarme la cara ni tranquilizar este nudo en el esternón. No hasta que no lo hagas tú. Vuelve a pedirme que te traiga esa flor que tanto añoras, no me importa que las colinas sigan envenenadas. Dame el pistoletazo de salida y espérame dormida...
Arrójate. Arrójate al vacío. No pienses en nada más, ya no queda nada más. Arrójate, hazlo por mí. Que no te lo impida el viento gélido ni la nieve cuajando. Arrójate sin remedio con los ojos cerrados. Hazlo ya.
+053.jpg)