Más de lo mismo danza aquí y allá, en todas direcciones, sin ofrecerme mucho a lo que aferrarme. Lo cotidiano acaba por mermar cualquier intento por inhalar aire fresco, por aclarar un poco las ideas. No sé si no veo las salidas o simplemente me aterran tanto como no decidirme a cogerlas. No tengo muy claro si aquí empieza algo o acaba de terminar. Pero pronto lo voy a saber, porque siento el aliento de la confusión tan cerca que incluso puede llegar a darme calor. Y todavía hay tantas cosas por hacer...
Malas fechas para sentarse detrás de unas cervezas y pararse a pensar. Lo que ayer parecían suaves melodías hoy son ruido atronador, y no encuentro el lenguaje adecuado para hacérmelo entender. Soy capaz de robarle un beso a la locura y aprovecharlo, de bañar de magia todo lo impuesto, de dejar secar mi recuerdo o de asfixiarme con él, pero todavía no sé hacer callar a mi mente. Y menos aún cuando me miro y no me reconozco...
Lo peor de todo no es que no estés aquí ahora. Lo peor de todo es que te veo en cada instante que esta navidad fabrica para mí, en cada retazo de antaño que vuelve a taparme cada noche. Te veo sola y perdida, mirándome vagamente detrás del olor de aquellas rosas húmedas, luchando contra el arrebato de tus lágrimas. Converso con el mismo viento que te despeinaba sobre el río, lloro hacia adentro cuando veo tu gesto relajado soñando en el césped . Lo peor de todo es que sigo leyendo en tus labios lo que no sé si debo creer...
sábado, 26 de diciembre de 2009
martes, 22 de diciembre de 2009
Respirando
No era una mañana cualquiera. Los primeros destellos de sol contra las partículas de polvo así me lo reflejaban. Las lágrimas y torturas de la noche que se fue, con sus atuendos negros azabache, habían dejado paso a una extraña calma y sosiego en la que me sentía confortado. Miraba incrédulo al techo, casi inmóvil, agotado y más perdido que nunca. Parecía que algo había cambiado. La música se había llevado tu voz quebrada y mi recuerdo desahogado. Y no me apenaba. Lo esperaba, lo ansiaba, lo necesitaba. Esa mañana al fin no sentí pánico al despertar. Esa mañana al fin tuve los cojones necesarios para salir de la habitación y mirarme al espejo, pero mi imagen no tenía esa bruma que esperaba y, quizás, merecía.
Tú no has hecho que ahora esté así. Ni tú tampoco. Y mucho menos tú. Me gusta el contraste que habéis hecho en mi corazón, siempre pensativo, esperando a que alguna ley del destino dicte lo que él ya sabía. Él siempre lo sabe. Y eso que es el primero que tiembla cuando una carta le despierta al niño que lleva dentro, cuando un beso a deshoras lo intenta atravesar. La guerra que se enfila dentro de mí cobra tintes púrpuras a la vez que empiezo a entender que va para largo....
Puedo deambular por el centro de esta ciudad, puedo quitarme ropa y sentir el suave sol morder mis brazos y mi cara. Puedo pararme en cada escaparate y sonreír como un estúpido, elegir el atajo equivocado, saludar a los bebés que pasan en sus carritos. Puedo ver tu imagen atenuándose en la mañana con esta canción que suena, puedo creer que nada ha pasado. Puedo sortear a la jauría de gente que me rodea, decorar estas paredes, abrir de par en par las ventanas e incluso buscarte otra vez para olvidarte al fin.
Y es que tememos lo intemible. Y lo intemible siempre se escurre entre nuestras posibilidades más esperanzadoras cuando bajan los grados y la plaza se vacía. Pero no hay nada que pueda arrancar de cuajo lo que soy. Hasta el tiempo es capaz de aliarse conmigo si se lo pido. Seguro.
Enséñame por dónde va el camino del cielo y olvida lo que te digo...
Tú no has hecho que ahora esté así. Ni tú tampoco. Y mucho menos tú. Me gusta el contraste que habéis hecho en mi corazón, siempre pensativo, esperando a que alguna ley del destino dicte lo que él ya sabía. Él siempre lo sabe. Y eso que es el primero que tiembla cuando una carta le despierta al niño que lleva dentro, cuando un beso a deshoras lo intenta atravesar. La guerra que se enfila dentro de mí cobra tintes púrpuras a la vez que empiezo a entender que va para largo....
Puedo deambular por el centro de esta ciudad, puedo quitarme ropa y sentir el suave sol morder mis brazos y mi cara. Puedo pararme en cada escaparate y sonreír como un estúpido, elegir el atajo equivocado, saludar a los bebés que pasan en sus carritos. Puedo ver tu imagen atenuándose en la mañana con esta canción que suena, puedo creer que nada ha pasado. Puedo sortear a la jauría de gente que me rodea, decorar estas paredes, abrir de par en par las ventanas e incluso buscarte otra vez para olvidarte al fin.
Y es que tememos lo intemible. Y lo intemible siempre se escurre entre nuestras posibilidades más esperanzadoras cuando bajan los grados y la plaza se vacía. Pero no hay nada que pueda arrancar de cuajo lo que soy. Hasta el tiempo es capaz de aliarse conmigo si se lo pido. Seguro.
Enséñame por dónde va el camino del cielo y olvida lo que te digo...
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