Recuerda cuando me despertaba por las mañanas y te buscaba casi sin quererlo. Te oía moverte confiada por toda la casa, haciéndome creer que creías que todavía seguía dormido. Pero ya buscaba tu calor, embriagado por ese suave sol asfaltado que empezaba a cegarme y se mezclaba con el olor del café y de tu camisón al viento.
Cuando te observaba a escondidas detrás de mi periódico mientras afinabas con gracia aquella guitarra, cuando abría todas las ventanas a la vez para ver cómo sonreías con ese aire de vergüenza que tanto me embobaba.
Recuerda las tardes de otoño escondidos de la lluvia, poniendo nombre a cada foto rescatada, analizando momentos y salvando conversaciones y sentimientos casi remotos. Perdiendo la cordura bajo el majestuoso juego de luces de la tormenta, dejándome dibujar tu silueta en las sombras con las manos, escribiéndote de nuevo en la tapa de una caja repleta de rosas para ti.
Recuerda cuando me quedaba quieto detrás de la puerta, atento a cada detalle que me regalabas, mientras permanecías sentada sola en el banco de ese patio florecido, concentrada maquillando el mismo diario que tanto tiempo antes te había acompañado. Podía captar el ritmo y la armonía de tu pelo ondeando despacio al unísono de las cortinas blancas y los jazmines, podía escucharte pensar en voz alta como escuchaba el ulular de los pinos tan cerca de nosotros....
Recuerda aquellos días con todos en el monte. Neveras, cubiertos de plástico, gafas de sol, juegos de mesa, paseos hacia la fuente y cielos claros. Cuando solo quería prestarte atención a ti entre tantas carcajadas, cuando me mirabas desde el otro lado de esa mesa de madera desgastada y me besabas con los ojos. Las horas eran largas y no parecían caerse ni doblarse, y nuestro camino bajaba tan limpio y fluido como el riachuelo en el que te lavabas la cara antes de dormirte.
Recuerda cuando recorríamos largas carreteras aún por iluminar, cuando reíamos ante los montones de ropa de verano por planchar y de golpe te echaba contra mí, cuando te hablaba al oído y tú asentías en silencio. Cuando nos tumbábamos bajo cualquier arboleda y brindábamos cada beso con cerveza y canciones, cuando me señalabas a lo alto y me recordabas cuál es la luna a la que debo preguntarle todo...
Y contarte un saco de mentiras acerca de la duda, del miedo, del amor y de la ausencia de éste, mientras sigo con la misma lucha de siempre...
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