jueves, 25 de febrero de 2010

Un alto en el camino

Querido compañero:

Hoy he aprovechado mi debilidad generalizada para escribirte, después de tanto tiempo. Cualquier día hubiese sido igual de bueno, pero hoy todo llama a ello, y no te preguntes mucho por qué. Hace un año que te marchaste, así, sin más, sin apenas darnos tiempo a asimilar que los tiempos habían cambiado y que ya nada podía encajar igual en nuestro puzzle. Es jodido, lo sé, y por eso lees esto ahora, entre otras cosas.

Seguramente ahora te reirías de mí, y más recordando cómo te gustaba burlarte de mi afán por destruir todo. Sigo igual, ya ves, incapaz de mantener nada vivo, cogiendo de aquí y soltando de allá para luego calentarme el alma con las brasas de mis recuerdos. Se acercan de nuevo épocas de cambio, tiempos de banderas blancas y rayos de sol inesperados. Puedo intuirlo, y sé que tú también. Y sé que te doy miedo, pero es que yo soy el primero que mira para otro lado cuando me doy cuenta de lo que soy capaz de hacer.

No es tan fácil aguantar como tú hacías el día a día, siempre con una sonrisa y terciando el ánimo para contagiar al resto, ni poner en remojo todas esas bromas con las que pasábamos las primeras horas de las monótonas mañanas. Tú sabías cómo me fusilaba su imagen y sus palabras, sabías que parte de mi vida estaba rota, y sin embargo desde el primer momento apostaste por mí. No me dejaste creer en ningún momento que lo mío ya se había marchado para siempre, y me aprovisionaste de medios para embarcar rumbo a la incertidumbre con descaro.

Suenan tus palabras entre ríos de cerveza y humo de medianoche, el silencio tenso cuando nos miraban sonrientes aquellas chicas de la terraza, aquellos números de teléfono apuntados en una hoja arrugada, la ilusión que destellaba de nuevo en forma de interferencia, ese tándem de ideas que se cargaba cualquier protocolo, que ataba en su propia vergüenza a cualquier hijo de puta de traje, esa fuerza interior infranqueable con la que veíamos la vida pasar y me hacía comerme el mundo aún sabiendo que él ya me había comido a mí...

Por momentos aún me creo que estás aquí, y revivo aquella forma de superarme de la que alardeaba tanto. Cuando lo consigo, la verdad es que me importan más bien poco todos estos miedos irracionales y preguntas al aire con las que amanezco hoy. Siempre estoy donde no debo estar, eso no es nada nuevo, y a mi maldita forma de sentir todo se le queda pequeño. Es una cruz, pero no sé hacerlo de otra manera, ya lo hice entonces y es por eso por lo que continúa tan vivo. Tanto que hoy en día me sigue inyectando imbatibilidad, esa que tarde o temprano hará detonar mi interior con una fuerza tan contundente que nada volverá a ser igual. Una vez más....

Llegará el día en el que nos tomemos de nuevo esa última cerveza de todas las tardes y por la que tanto te regañaba, y entonces sabrás que no he cambiado nada. Y me alegro, en el fondo. Ese día tendré tantas cosas nuevas que contarte que pensarlo me produce cansancio, pero créeme cuando te digo que lo espero con ganas, las mismas con las que esperabas tú mi llegada después de aquellos días locos.

Estoy seguro de que sabrás perdonarme por no haber sabido decirte nada la tarde que te ví por última vez....