jueves, 11 de marzo de 2010

Y te asomas al vacío...


Me llegan los ladridos de los perros en la lejanía como un suave vals que me entona, y el zumbar de las moscas en el corral me recuerda que he vuelto a llegar tarde. A todo.

Es reconfortante este sol que atiza y hace más seca aún la tierra despeinada. Podría estarme aquí y fumarme al tiempo, quieto, frunciendo el ceño y sonriendo a mitad mientras sostengo el rifle entre mi mano y mi muslo. Viendo los pájaros formar círculos casi perfectos en el azul, fundiéndome con la fina y blanca columna de humo que se pierde más allá. Oyendo algún sigiloso paso, algún carro de huerta, el crujir de alguna de las puertas de madera vieja y maciza que me esfuerzo en mantener abiertas...

Pero no sabría. Cargo el arma y dejo que dispare en nombre de mi interior. Puedo notar que es mi pasado el que aprieta el gatillo sin importar a dónde va dirigido el tiro, que es mi fuerza la que ruge y emana desde mis hombros desnudos y acariciados por el sol hacia el lugar donde la cordura os dejó durmiendo un día. El sonido suena a suspiro, a sollozo, pero también a risa y a gemido precioso. Una bandera al viento, una carretera sin principio ni fin, un momento atrapado en las horas, los grillos de medianoche. Tú y yo haciendo la cama, hablando de todo y de nada, creyendo en lo eterno.
Vuelvo a cargar, y vuelvo a disparar...

Pero todo me habla de ello. Seguro que sigo el camino correcto. Puedo enterrarme durante tardes de borrasca pero también sé resurgir cuando me brilla la noche con sus encantos más íntimos. Tan solo es cuestión de principios y un poco de tiempo el que vuelva a tener ganas de deciros lo guapas que estáis por las mañanas sin arreglar, de que vuelva a apretar labios y puños cuando os vea marchar.

Voy a creer en ti, y voy a gastar hasta mi última melodía en quererte de la misma forma que el reloj quiere a sus saetas. Seas quien seas y estés donde estés. Es la mejor manera que se me ocurre de vengarme de la vida.