Querida....:
Acabo de llegar a casa y de lanzar la maleta hacia quién sabe dónde. Sigo vestido exactamente igual que cuando me has dejado, con todas las luces del piso encendidas y con un sueño asesino que seguro conoces bien. Pero no puedo irme a terminar el día así, sin más, oyéndote como te oigo ahora mismo en cada voz que me rodea, en cada nota del contagioso piano que sale de mis altavoces. Te huelo en mi ropa, en mi aliento… Te veo con el rabillo del ojo en todas las esquinas de esta apagada y triste habitación.
Me has llamado durante el viaje y he hecho más lío aún de todo lo que siento. Me he quedado sin palabras, la verdad. Para nada esperaba esa tristeza casi opresora que he tratado ocultarte. Para serte totalmente sincero, me cuesta recordar la última vez que me vi en tal situación, si es que ha existido antes.
Pero, ¿por qué? ¿Se trata de la típica confusión de sentimientos? ¿Se pasará? ¿Por qué he deseado con rabia dar la vuelta y acompañarte de la mano en tu vida como te acompañaba por Gran Vía? ¿ Y por qué necesito llamarte sólo para oírte una vez más, y en cambio sé que no debo hacerlo?
Tú no te mereces tanta censura moral. Pero seguramente sea lo correcto. Te puedo asegurar que no temo por mí, sé que en noches como esta me convierto en alguien mejor. Pero desde la primera mirada que cruzamos en esa mágica noche por el centro de la ciudad supe que lo último que quiero es que sufras. No podría sobrellevarlo, se enciende mi pecho cuando naufraga cerca de alguna mala época de tu pasado. Deseo con todas mis fuerzas haber estado contigo entonces, besar la frente de aquella niña y pisotear cada piedra en su camino. En cierto modo, me odio por haber tardado tanto en aparecer.
No entiendo nada. Necesito escribirte porque estoy inundado en el miedo. Me da pánico acostarme hoy, solo por el hecho de tener que entrevistar a fondo tanto a mi locura como a mi cordura. Tu sonrisa a altas horas de la madrugada, tus susurros, tu manera de cerrar los ojos y de desviar la mirada cuando el miedo también te impide hablar.
¿Vale la pena no alimentar algo así? Todo me dice que tu tren es único y especial, como ningún otro en el que haya podido viajar antes. Estoy convencido de que no encontraré a nadie como tú, pero tampoco pretendo hacerlo. No quiero hacerlo.
Y es en estos casos cuando me pregunto qué es lo racional, si tratar de callar a este vacío que siento si no te tengo cerca, o en cambio empezar a imaginar, cual soñador, una vida contigo…
¡Nos hemos dicho tantas cosas estos días! Tengo tus palabras incrustadas en mi memoria para siempre. Entre la broma y la seriedad, la magia ha fluido, muchos disfraces han sido reducidos a cuerpos desnudos, y en tus ojos he podido verte íntegramente. Y dudo que todas esas palabras se las pueda llevar el viento.
Quizás ni siquiera debía haberte escrito así, tan reciente, con el agridulce de la imagen de tu silueta despegándome de la realidad, pero quiero que sepas qué es lo que pasa por mi cabeza esta noche. Porque si te tuviese delante te lo contaría sin dejar de mirarte, y porque no acabo de aceptar todo lo que nos separa.
¿Sabes? Voy a tratar de convencerme que ando perdido emocionalmente y confundo factores. Es posible que verdaderamente sea eso, no lo sé. Con la razón por bandera, es muy difícil sentir algo tan grande en tan poco tiempo. Una gran amiga con la que paso momentos inolvidables, que me emboba cuando habla y que se sonroja cuando le sonrío. Nuestros caminos están tan separados que me da vértigo seguir pensando… no tiene sentido.
Aún así, la razón se hace insignificante cuando noto subir los escalofríos por la espalda al recordar lo que he creído leer de tus labios cuando se iba tu autobús…
¡Cuídate mucho!
¡Espero verte pronto otra vez!
+053.jpg)