Calla, no puedo oír tu voz. Me quema. Me da miedo. No quiero oírla si va acompañada de esos sollozos desesperados. No sigas, por favor. No me digas que lo sientes, no me digas que me esperas. Me duele tanto verte... ¿ Por qué ahora?
Siete de la mañana. La estridente y escandalosa alarma se abre entre la oscuridad con su insoportable chirrido, seguida no muchos segundos después por el grito seco del pobre diablo que juega a ser el último imaginaria de la madrugada. “¡ Compañía, diana!” Estoy tan hasta las pelotas de escuchar esas palabras que sin dudarlo saldría a patearle la boca hasta la saciedad. Pero el caso es que estoy despierto, boca arriba, murmurando algo ininteligible y tapado a más no poder. Las prisas del resto de compañeros en levantarse y salir apresuradamente al lavabo me obliga, muy a regañadientes, a botar de esta dura y rígida cama.
Ruido de taquillas, buenos días de rigor, caras sonámbulas, enjambre de ropa húmeda,...abro las persianas y tanto el cielo negro como la humedad que revolotea los focos me hunden un poco más el ánimo. Pero no puedo perder más tiempo con estas sandeces, mi pesar importa ahora casi tan poco como que afuera diluvia.
Minutos después me sorprendo frente a los enormes espejos del servicio, helado de frío pero sin camiseta, pringado de espuma de afeitar y de sangre por igual, y con una desquicia encima que por momentos me creo capaz de mandarlo todo a la mierda. El ajetreo me incomoda. Todos me incomodan.
Formación matutina y uniforme de gimnasia. Los mandos no parecen muy contentos hoy, y repasan con aire amenazante a la manada de hombres que ahora tratan de permanecer erguidos. Novedades, saludos....comienza un nuevo día. Otro más. Y es ahora cuando despierto realmente, cuando me doy cuenta de que a esto aún le queda mucho camino, mientras permanezco colgado de la barra de metal y chorreando toda la lluvia que me atiza descaradamente...
Abro los ojos. Solo unos centímetros me separan de la grava del suelo, y el olor a pólvora y a tierra mojada son casi mareantes. Con ademán de resignación, me ajusto el casco lo mejor que puedo y me incorporo. A mi lado encuentro al hombre con el que tengo que compartir fusil, sonriendo y ofreciéndome un cigarrillo que acepto y enciendo automáticamente. Hay gritos en la lejanía, reproches, y una nueva ráfaga de disparos levantando la humareda que me impide verte...
En la cantina por la tarde todo parece distinto: los soldados ríen, juegan a los videojuegos, comen, beben, dialogan, leen la prensa e incluso pelean. Las cervezas se amontonan en las mesas y las colillas humean en los rincones. En mi grupo, pierdo el hilo de la conversación antes incluso de darla por iniciada. De vez en cuando, un sorbo al vaso o una risa histérica me devuelve a su dimensión, pero no ocurre con mucha frecuencia, y siento que me apago lentamente como la tarde lo hace ante nosotros.
El frío me quema el cuerpo mientras me cubro el rostro con el pasamontañas y me coloco la mochila sobre el chaquetón impermeable. Solo mi propio aliento me proporciona calor. Suficiente. No te tengo, ¿recuerdas?
Noche estrellada, rasa, gélida. Estamos sentados debajo del enorme árbol donde nos han marcado el punto de partida. Es emocionante, hay algo en este momento que me hace sentir bien. Quizás sea la unión, o el silencio, o muy probablemente tu recuerdo parpadeando cerca de la lejana vista de la gran ciudad. Y esa es la única guía de la que sé hacerme cargo, la única brújula existente, la combinación de constelaciones indicada para llegar a ti. Pero ahora mismo no creo en ella. No creo en nada, y eso me hace mucho más fuerte de lo que piensas.
Mochila, botella de agua, jersey y cuello de camisa. Ocupo el último asiento de este autobús y me pierdo con el mp3. Necesito llegar a casa ya, y no sé para qué. Todo seguirá exactamente igual: fotos marchitas, cajones repletos de basura emocional, las navidades asomando por la esquina, canciones que me harán encharcar la mirada y tabaco para quemar mi pecho un poco más. Este es el sucio engaño de la sociedad. Y estoy dispuesto a ser enterrado por los fantasmas del pasado en cualquier momento....
¿Otra vez dormido? Seguro, ya que es en el único estado que consigo verte. ¿Por qué no llamas? ¿Qué ha cambiado? Mírame, me doy asco, no soporto este olor a colonia y mucho menos esta balada que me adormece. ¿ Por qué has desistido? No lo entiendo...aún puedo ver el teléfono llorando tu última llamada sin respuesta....¿Por qué soy tan egoísta y duro contigo?
Esto ha muerto sin remedio, lo sé, pero me acojona tanto asimilarlo que temo perder el control igual que te perdí a ti...
jueves, 23 de julio de 2009
viernes, 10 de julio de 2009
Lo que esta luna se pregunta...
Querida amiga:
Me entran vértigos al echar la vista atrás y surcar los años como si de enfurecidas mareas se tratasen. Parece que fue ayer cuando os abandoné a todos en busca de mi aventura, en busca de la luz que me aclare por dentro, del viaje que me descifre el enigma del alma. Hoy, tanto tiempo después, puedo decirte que tengo aún más dudas, si cabe, aunque el día en el que partí sospechaba que sin ti jamás llegaría al puerto adecuado. Y así ha sido...
Son incontables las anécdotas que han ido sucediéndose a lo largo de estos años y por tantas tierras distintas. He probado el elixir de la lujuria joven en finos y delicados brazos perfumados, y acompañado al amanecer ebrio en su rutinario trayecto. Hice renacer a mi más añorada melancolía venciendo batallas que nunca me sirvieron de nada y dejé marchar a mis ideales para siempre sobre enormes hojas perennes. En los glaciares de mi anhelo descansé sin abrigo cada oscura noche, y alimenté a los nómadas de mi tristeza forzando tu imagen sobre cada clímax que respiré.
Recuerdo las noches a la luz de las velas en tu telar, divagando sobre el por qué del destino, y el vacío que se abría cuando tu ventana dejaba de iluminarme mientras se apagaba el crepúsculo. Parece que te vea aún correteando por las sendas y destrozando los huertos, con los zapatos embarrados y un surco de amor en la mirada. El tinte del sol en tu pelo me guiaba y me invitaba a observarte cuando te reflejabas en el manantial de la aldea, siempre solitaria y pensativa, quizás buscando lo que yo ahora he perdido sin remedio.
Sé lo que estarás pensando: “Te tenías que ir,¿verdad? Precisamente tú. Siempre tú. El que no puede estarse quieto, al que no le basta nada de lo que le rodea ni aún cuando sabe a la perfección que la vida no es igual sin él. No te importó una mierda que fuese yo la única que te suplicara que te quedaras, porque tú lo haces todo a tu manera, necesitas llenar tu espíritu de misterios sin resolver, de ángeles que te acabarán torturando, de besos y de balas, de sangre de cometa....”
También es bien cierto que un día creí que volvería, que podría regresar a tu telar para contarte mi caminar mientras me tejes uno de esos escudos contra el desamor. Pero, a decir verdad, no sé si sigo vivo o si en cambio me he perdido para siempre entre agujeros negros. No sé si ahora mismo me creo, no sé si te conozco, ni siquiera sé qué clase de demonio sin escrúpulos te está escribiendo. Pero sé que hoy te echo de menos.
Tócame de una puta vez y arranca de cuajo toda mi vida...
Me entran vértigos al echar la vista atrás y surcar los años como si de enfurecidas mareas se tratasen. Parece que fue ayer cuando os abandoné a todos en busca de mi aventura, en busca de la luz que me aclare por dentro, del viaje que me descifre el enigma del alma. Hoy, tanto tiempo después, puedo decirte que tengo aún más dudas, si cabe, aunque el día en el que partí sospechaba que sin ti jamás llegaría al puerto adecuado. Y así ha sido...
Son incontables las anécdotas que han ido sucediéndose a lo largo de estos años y por tantas tierras distintas. He probado el elixir de la lujuria joven en finos y delicados brazos perfumados, y acompañado al amanecer ebrio en su rutinario trayecto. Hice renacer a mi más añorada melancolía venciendo batallas que nunca me sirvieron de nada y dejé marchar a mis ideales para siempre sobre enormes hojas perennes. En los glaciares de mi anhelo descansé sin abrigo cada oscura noche, y alimenté a los nómadas de mi tristeza forzando tu imagen sobre cada clímax que respiré.
Recuerdo las noches a la luz de las velas en tu telar, divagando sobre el por qué del destino, y el vacío que se abría cuando tu ventana dejaba de iluminarme mientras se apagaba el crepúsculo. Parece que te vea aún correteando por las sendas y destrozando los huertos, con los zapatos embarrados y un surco de amor en la mirada. El tinte del sol en tu pelo me guiaba y me invitaba a observarte cuando te reflejabas en el manantial de la aldea, siempre solitaria y pensativa, quizás buscando lo que yo ahora he perdido sin remedio.
Sé lo que estarás pensando: “Te tenías que ir,¿verdad? Precisamente tú. Siempre tú. El que no puede estarse quieto, al que no le basta nada de lo que le rodea ni aún cuando sabe a la perfección que la vida no es igual sin él. No te importó una mierda que fuese yo la única que te suplicara que te quedaras, porque tú lo haces todo a tu manera, necesitas llenar tu espíritu de misterios sin resolver, de ángeles que te acabarán torturando, de besos y de balas, de sangre de cometa....”
También es bien cierto que un día creí que volvería, que podría regresar a tu telar para contarte mi caminar mientras me tejes uno de esos escudos contra el desamor. Pero, a decir verdad, no sé si sigo vivo o si en cambio me he perdido para siempre entre agujeros negros. No sé si ahora mismo me creo, no sé si te conozco, ni siquiera sé qué clase de demonio sin escrúpulos te está escribiendo. Pero sé que hoy te echo de menos.
Tócame de una puta vez y arranca de cuajo toda mi vida...
miércoles, 8 de julio de 2009
La vieja garita
Trato de concentrarme en mi cometido. Cierro una y otra vez los ojos con fuerza para arremeter así contra el cansancio que me tiene abatido. No ha sido una buena idea vagar sin rumbo a altas horas de la mañana por la gran ciudad, y ahora que los edificios se han tornado oscuras montañas debo hacer frente a otra noche en vela.
La vieja, usada y poco acogedora estancia del puesto de guardia no ayuda mucho al estado de ánimo. Por momentos, creo estar en la sala de espera de algún hospital de siglos anteriores. El calor concentrado artificial contrasta con el gélido exterior, con las nubes de humo que solo mi respiración crea, con el dolor intenso y opresor que atenaza mis manos.
Otra cabezada más....es un suplicio terrible mantener estos párpados abiertos. Intento entretenerme con la TV, con el fusil, con las mordisqueadas revistas que se amontonan en la mesita. No queda mucho para la ronda final. Desde la ventana de hierros rojizos por el óxido puedo ver que un manto de niebla se abre a la noche.
Faltan tres minutos para en punto. Es la hora.
Me armo con decisión, me coloco la gorra y entro a las habitaciones. El frío es casi deprimente, y me alegro de no haber estado dormido también sólo para no tener que levantarme ahora. Y mis ideas se hacen más convincentes al ver las caras de mis compañeros en formación. Estoy seguro que más de uno no sabe ni dónde está ahora mismo. Apuro la colilla del cigarrillo y doy las órdenes rutinarias.
Tengo un pelotón a mi mando. No está mal como experiencia, y hoy este papel parece hecho a mi medida. Los taconazos secos en la noche de azabache se quedan cosidos a mi cerebro como un trozo de tela. Pero no hay concesión ni al recuerdo ni a la melancolía. No cabe. Al menos por el momento, al menos hasta que por fin me hunda en una de esas rígidas camas desnudas.
Iniciamos la marcha. Hay que reponer las garitas. Mi misión es recoger a los angustiados centinelas que ahora seguramente estén hartos de recordar a sus zorrones que han dejado en casa, y colocar a los que llevo en formación, silenciosos, tristes, expulsando humo y sumergidos en una inquietante orquesta de pasos en la tierra.
Hay algún comentario sobre la garita de San Antonio. Se trata del último puesto que hay que ocupar, también el más alejado del núcleo del acuartelamiento y por consiguiente el más solitario.
Se dice que no muy lejos de la base vivía una mujer con su hijo. Un desafortunado día el chico salió cuando anochecía a pasear al perro por los aledaños del lugar, con la mala suerte de que fue arrollado por un vehículo en la tercermundista y peligrosa carretera que une estos dos pueblos. La madre se volvió loca, y todas las noches salía a buscar a su hijo por los montes, convencida en su locura de que el joven seguía vivo. Al fallecer la mujer, tanto vecinos de poblaciones cercanas como militares aseguraban con pavor escuchar cada noche los gritos de ésta llamando a Cristian, su hijo, bajo la cortina de niebla típica de la madrugada en esta sierra.
Bromeo con mis compañeros para quitarle hierro al asunto. Cuentos chinos, seguramente, aunque lleve toda la guardia recogiendo soldados que vienen nerviosos y asustados de la garita de San Antonio, afirmándome todo el camino cómo el nombre de Cristian surcaba la oscuridad que oculta el otro lado de la carretera.
No obstante, puedo entenderlo. Un escalofrío indescriptible me recorre la espalda al visualizar el lejano y tétrico foco que alumbra el lugar, apartado, tenue, helado, justo en el instante en el que me vienen a la mente los majestuosos aullidos de los lobos que pocas horas antes anunciaban la llegada de la noche.
La vieja, usada y poco acogedora estancia del puesto de guardia no ayuda mucho al estado de ánimo. Por momentos, creo estar en la sala de espera de algún hospital de siglos anteriores. El calor concentrado artificial contrasta con el gélido exterior, con las nubes de humo que solo mi respiración crea, con el dolor intenso y opresor que atenaza mis manos.
Otra cabezada más....es un suplicio terrible mantener estos párpados abiertos. Intento entretenerme con la TV, con el fusil, con las mordisqueadas revistas que se amontonan en la mesita. No queda mucho para la ronda final. Desde la ventana de hierros rojizos por el óxido puedo ver que un manto de niebla se abre a la noche.
Faltan tres minutos para en punto. Es la hora.
Me armo con decisión, me coloco la gorra y entro a las habitaciones. El frío es casi deprimente, y me alegro de no haber estado dormido también sólo para no tener que levantarme ahora. Y mis ideas se hacen más convincentes al ver las caras de mis compañeros en formación. Estoy seguro que más de uno no sabe ni dónde está ahora mismo. Apuro la colilla del cigarrillo y doy las órdenes rutinarias.
Tengo un pelotón a mi mando. No está mal como experiencia, y hoy este papel parece hecho a mi medida. Los taconazos secos en la noche de azabache se quedan cosidos a mi cerebro como un trozo de tela. Pero no hay concesión ni al recuerdo ni a la melancolía. No cabe. Al menos por el momento, al menos hasta que por fin me hunda en una de esas rígidas camas desnudas.
Iniciamos la marcha. Hay que reponer las garitas. Mi misión es recoger a los angustiados centinelas que ahora seguramente estén hartos de recordar a sus zorrones que han dejado en casa, y colocar a los que llevo en formación, silenciosos, tristes, expulsando humo y sumergidos en una inquietante orquesta de pasos en la tierra.
Hay algún comentario sobre la garita de San Antonio. Se trata del último puesto que hay que ocupar, también el más alejado del núcleo del acuartelamiento y por consiguiente el más solitario.
Se dice que no muy lejos de la base vivía una mujer con su hijo. Un desafortunado día el chico salió cuando anochecía a pasear al perro por los aledaños del lugar, con la mala suerte de que fue arrollado por un vehículo en la tercermundista y peligrosa carretera que une estos dos pueblos. La madre se volvió loca, y todas las noches salía a buscar a su hijo por los montes, convencida en su locura de que el joven seguía vivo. Al fallecer la mujer, tanto vecinos de poblaciones cercanas como militares aseguraban con pavor escuchar cada noche los gritos de ésta llamando a Cristian, su hijo, bajo la cortina de niebla típica de la madrugada en esta sierra.
Bromeo con mis compañeros para quitarle hierro al asunto. Cuentos chinos, seguramente, aunque lleve toda la guardia recogiendo soldados que vienen nerviosos y asustados de la garita de San Antonio, afirmándome todo el camino cómo el nombre de Cristian surcaba la oscuridad que oculta el otro lado de la carretera.
No obstante, puedo entenderlo. Un escalofrío indescriptible me recorre la espalda al visualizar el lejano y tétrico foco que alumbra el lugar, apartado, tenue, helado, justo en el instante en el que me vienen a la mente los majestuosos aullidos de los lobos que pocas horas antes anunciaban la llegada de la noche.
Échame la culpa
Apuesto fuerte por creer que conozco a qué aferrarme con todas mis fuerzas, pero la verdad es otra bien distinta: la suerte del perdedor lo mismo deambula por aquí mezclando sustancias arcanas, como medio desaparece para atender sus necesidades más egoístas. Los viejos cuentos se deshacen entre la grava y no hay ningún sentimiento a la vista que se salve de la despiadada quema de brujas.
Hay algo en mí que se niega a ver a través de la injusta claridad que el mundo me brinda. No quiere ser testigo de como el pensamiento ondea la bandera blanca manchada con sangre, ni contemplar al amor entre rejas. El recuerdo no es el sillón del psicólogo, ni la esperanza un eterno letargo. Y vagar sin remedio por el universo de la indiferencia y la apatía no me abrirá muchos claros. Debo de estar perdido.
Advierto cierto temblor hueco en el ambiente, y vuelven a mostrarse sin tapujos los miedos y las dudas, las cadenas y alambradas, las palabras sofocadas y los silencios trágicos. Me veo totalmente incapaz de volver a emprender mi viaje entre constelaciones, de volver a buscar tu embrujo entre el gentío, de llorar tu último tren. Me asfixio en esta historia en la que no me encuentro por ningún lado, temo impotente esa frialdad con la que desvías la mirada y desmitificas mi ser, y me aterra volver al lugar donde un mísero día arrojé tu felicidad al océano.....
Y es que ya no hay más punto de partida que el amanecer aturdido un día más, en un mes más, con las mismas ganas de perder que siempre, dispuesto a ser pisoteado de nuevo por el enorme y viejo reloj de pared que marca el final de esta aventura. Poco o nada queda ya del niño rubio risueño que trepaba a los tejados de la aldea y sudaba detrás de un balón sin camiseta, de aquél que te espiaba detrás de los ventanales de madera maciza mientras hablabas con tus gatos. Sin noticias tampoco de mis ganas de verte....
Cae la tormenta con la misma intensidad que recordaba. Ya me apetecía de verdad respirar el aire de la ira del cielo, sentir a mi ánimo y a la noche entonar saetas al unísono. Es un alivio el dormitar con la suave melodía de las gotas rebotando en las cañerías, apagando al fin las críticas, las burlas, las conveniencias y los reproches engrasados. No estoy con fuerzas de pararme a escuchar al viento, ni de colorear el mañana. Y tampoco estoy por la labor de arreglar nada.
Quizás ya es demasiado tarde, pero te quiero, y no quiero perderte......
Hay algo en mí que se niega a ver a través de la injusta claridad que el mundo me brinda. No quiere ser testigo de como el pensamiento ondea la bandera blanca manchada con sangre, ni contemplar al amor entre rejas. El recuerdo no es el sillón del psicólogo, ni la esperanza un eterno letargo. Y vagar sin remedio por el universo de la indiferencia y la apatía no me abrirá muchos claros. Debo de estar perdido.
Advierto cierto temblor hueco en el ambiente, y vuelven a mostrarse sin tapujos los miedos y las dudas, las cadenas y alambradas, las palabras sofocadas y los silencios trágicos. Me veo totalmente incapaz de volver a emprender mi viaje entre constelaciones, de volver a buscar tu embrujo entre el gentío, de llorar tu último tren. Me asfixio en esta historia en la que no me encuentro por ningún lado, temo impotente esa frialdad con la que desvías la mirada y desmitificas mi ser, y me aterra volver al lugar donde un mísero día arrojé tu felicidad al océano.....
Y es que ya no hay más punto de partida que el amanecer aturdido un día más, en un mes más, con las mismas ganas de perder que siempre, dispuesto a ser pisoteado de nuevo por el enorme y viejo reloj de pared que marca el final de esta aventura. Poco o nada queda ya del niño rubio risueño que trepaba a los tejados de la aldea y sudaba detrás de un balón sin camiseta, de aquél que te espiaba detrás de los ventanales de madera maciza mientras hablabas con tus gatos. Sin noticias tampoco de mis ganas de verte....
Cae la tormenta con la misma intensidad que recordaba. Ya me apetecía de verdad respirar el aire de la ira del cielo, sentir a mi ánimo y a la noche entonar saetas al unísono. Es un alivio el dormitar con la suave melodía de las gotas rebotando en las cañerías, apagando al fin las críticas, las burlas, las conveniencias y los reproches engrasados. No estoy con fuerzas de pararme a escuchar al viento, ni de colorear el mañana. Y tampoco estoy por la labor de arreglar nada.
Quizás ya es demasiado tarde, pero te quiero, y no quiero perderte......
¡ Oh ! El viento, el viento sopla
a través de las tumbas el viento sopla
La libertad llegará pronto
Entonces volveremos de las sombras
(L.Cohen-The Partisan)
lunes, 6 de julio de 2009
Plenilunio (Hoy te vi pasar...)
Alguien me llama. Su alarido es tan claro como que ahora mismo estoy dormido, y se cuela fugaz entre la polvareda que se levanta tras mi sueño más intrascendente. También se mezcla con otras voces, con otros sonidos, que llegan a mí entrelazados y amontonados, formando una nebulosa de caos que por momentos me atrapa en su fatídica tela de araña.
Una vez más te espero con los brazos abiertos en este enjambre de ecos traicioneros, encerrado en estas cuatro paredes que ni saben ni quieren sacarme de dudas. Pero es que no comprendo por qué yaces ahora mismo tumbada boca abajo a mi lado, tan silenciosa que podría confundirte con una ráfaga de mi acelerada respiración. Estás tan cerca que te siento remota, ausente, perdida divagando en el núcleo de algún dilema marchito. ¿Quién demonios eres tú? ¿Has peinado mi alma desierta, o quizás solamente has prolongado aún más mi desesperante viaje a ninguna parte?
No contestas. Aunque, realmente, no merezco otra cosa.....
Trato de adivinar por cuál de esos destartalados caminos embarrados vas a regresar. No es tarea fácil. La vida se apaga lentamente en las entrañas de la gran ciudad al son de unas suaves notas de piano, y es ahora cuando vuelve a mí tu mirada más diáfana, tu provocativa forma de dialogar con los gestos de tu boca. Me replanteo una y otra vez si es lo correcto atracar en tu puerto, solo que ya es demasiado tarde. Me veo frente a ti, dejando desvanecerte sobre mis brazos, mutilado por dentro y con el único aliciente de inhalar tu aroma cual brisa de medianoche.
Pero una procesión de culpabilidades enciende sus antorchas de camino a mi refugio, alumbrando a medias lo que ya no tiene remedio ni sentido. Me interné en tus miedos más ancestrales mientras las gotas de sudor humedecían la oscuridad y le daban un toque salado al alba, y de nada me sirvió volver por el mismo camino de siempre. Algo se había dado de bruces contra mis principios y había causado un daño irreparable en la tinta que cubre cada uno de estos cuadernos mustios.
Ahora quiero que me dejes un rato a solas. Es tu trampa, ya lo sé. No necesito más pistas. Y también es solo un sueño.
Una vez más te espero con los brazos abiertos en este enjambre de ecos traicioneros, encerrado en estas cuatro paredes que ni saben ni quieren sacarme de dudas. Pero es que no comprendo por qué yaces ahora mismo tumbada boca abajo a mi lado, tan silenciosa que podría confundirte con una ráfaga de mi acelerada respiración. Estás tan cerca que te siento remota, ausente, perdida divagando en el núcleo de algún dilema marchito. ¿Quién demonios eres tú? ¿Has peinado mi alma desierta, o quizás solamente has prolongado aún más mi desesperante viaje a ninguna parte?
No contestas. Aunque, realmente, no merezco otra cosa.....
Trato de adivinar por cuál de esos destartalados caminos embarrados vas a regresar. No es tarea fácil. La vida se apaga lentamente en las entrañas de la gran ciudad al son de unas suaves notas de piano, y es ahora cuando vuelve a mí tu mirada más diáfana, tu provocativa forma de dialogar con los gestos de tu boca. Me replanteo una y otra vez si es lo correcto atracar en tu puerto, solo que ya es demasiado tarde. Me veo frente a ti, dejando desvanecerte sobre mis brazos, mutilado por dentro y con el único aliciente de inhalar tu aroma cual brisa de medianoche.
Pero una procesión de culpabilidades enciende sus antorchas de camino a mi refugio, alumbrando a medias lo que ya no tiene remedio ni sentido. Me interné en tus miedos más ancestrales mientras las gotas de sudor humedecían la oscuridad y le daban un toque salado al alba, y de nada me sirvió volver por el mismo camino de siempre. Algo se había dado de bruces contra mis principios y había causado un daño irreparable en la tinta que cubre cada uno de estos cuadernos mustios.
Ahora quiero que me dejes un rato a solas. Es tu trampa, ya lo sé. No necesito más pistas. Y también es solo un sueño.
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