Trato de concentrarme en mi cometido. Cierro una y otra vez los ojos con fuerza para arremeter así contra el cansancio que me tiene abatido. No ha sido una buena idea vagar sin rumbo a altas horas de la mañana por la gran ciudad, y ahora que los edificios se han tornado oscuras montañas debo hacer frente a otra noche en vela.
La vieja, usada y poco acogedora estancia del puesto de guardia no ayuda mucho al estado de ánimo. Por momentos, creo estar en la sala de espera de algún hospital de siglos anteriores. El calor concentrado artificial contrasta con el gélido exterior, con las nubes de humo que solo mi respiración crea, con el dolor intenso y opresor que atenaza mis manos.
Otra cabezada más....es un suplicio terrible mantener estos párpados abiertos. Intento entretenerme con la TV, con el fusil, con las mordisqueadas revistas que se amontonan en la mesita. No queda mucho para la ronda final. Desde la ventana de hierros rojizos por el óxido puedo ver que un manto de niebla se abre a la noche.
Faltan tres minutos para en punto. Es la hora.
Me armo con decisión, me coloco la gorra y entro a las habitaciones. El frío es casi deprimente, y me alegro de no haber estado dormido también sólo para no tener que levantarme ahora. Y mis ideas se hacen más convincentes al ver las caras de mis compañeros en formación. Estoy seguro que más de uno no sabe ni dónde está ahora mismo. Apuro la colilla del cigarrillo y doy las órdenes rutinarias.
Tengo un pelotón a mi mando. No está mal como experiencia, y hoy este papel parece hecho a mi medida. Los taconazos secos en la noche de azabache se quedan cosidos a mi cerebro como un trozo de tela. Pero no hay concesión ni al recuerdo ni a la melancolía. No cabe. Al menos por el momento, al menos hasta que por fin me hunda en una de esas rígidas camas desnudas.
Iniciamos la marcha. Hay que reponer las garitas. Mi misión es recoger a los angustiados centinelas que ahora seguramente estén hartos de recordar a sus zorrones que han dejado en casa, y colocar a los que llevo en formación, silenciosos, tristes, expulsando humo y sumergidos en una inquietante orquesta de pasos en la tierra.
Hay algún comentario sobre la garita de San Antonio. Se trata del último puesto que hay que ocupar, también el más alejado del núcleo del acuartelamiento y por consiguiente el más solitario.
Se dice que no muy lejos de la base vivía una mujer con su hijo. Un desafortunado día el chico salió cuando anochecía a pasear al perro por los aledaños del lugar, con la mala suerte de que fue arrollado por un vehículo en la tercermundista y peligrosa carretera que une estos dos pueblos. La madre se volvió loca, y todas las noches salía a buscar a su hijo por los montes, convencida en su locura de que el joven seguía vivo. Al fallecer la mujer, tanto vecinos de poblaciones cercanas como militares aseguraban con pavor escuchar cada noche los gritos de ésta llamando a Cristian, su hijo, bajo la cortina de niebla típica de la madrugada en esta sierra.
Bromeo con mis compañeros para quitarle hierro al asunto. Cuentos chinos, seguramente, aunque lleve toda la guardia recogiendo soldados que vienen nerviosos y asustados de la garita de San Antonio, afirmándome todo el camino cómo el nombre de Cristian surcaba la oscuridad que oculta el otro lado de la carretera.
No obstante, puedo entenderlo. Un escalofrío indescriptible me recorre la espalda al visualizar el lejano y tétrico foco que alumbra el lugar, apartado, tenue, helado, justo en el instante en el que me vienen a la mente los majestuosos aullidos de los lobos que pocas horas antes anunciaban la llegada de la noche.
+053.jpg)