Querida amiga:
Me entran vértigos al echar la vista atrás y surcar los años como si de enfurecidas mareas se tratasen. Parece que fue ayer cuando os abandoné a todos en busca de mi aventura, en busca de la luz que me aclare por dentro, del viaje que me descifre el enigma del alma. Hoy, tanto tiempo después, puedo decirte que tengo aún más dudas, si cabe, aunque el día en el que partí sospechaba que sin ti jamás llegaría al puerto adecuado. Y así ha sido...
Son incontables las anécdotas que han ido sucediéndose a lo largo de estos años y por tantas tierras distintas. He probado el elixir de la lujuria joven en finos y delicados brazos perfumados, y acompañado al amanecer ebrio en su rutinario trayecto. Hice renacer a mi más añorada melancolía venciendo batallas que nunca me sirvieron de nada y dejé marchar a mis ideales para siempre sobre enormes hojas perennes. En los glaciares de mi anhelo descansé sin abrigo cada oscura noche, y alimenté a los nómadas de mi tristeza forzando tu imagen sobre cada clímax que respiré.
Recuerdo las noches a la luz de las velas en tu telar, divagando sobre el por qué del destino, y el vacío que se abría cuando tu ventana dejaba de iluminarme mientras se apagaba el crepúsculo. Parece que te vea aún correteando por las sendas y destrozando los huertos, con los zapatos embarrados y un surco de amor en la mirada. El tinte del sol en tu pelo me guiaba y me invitaba a observarte cuando te reflejabas en el manantial de la aldea, siempre solitaria y pensativa, quizás buscando lo que yo ahora he perdido sin remedio.
Sé lo que estarás pensando: “Te tenías que ir,¿verdad? Precisamente tú. Siempre tú. El que no puede estarse quieto, al que no le basta nada de lo que le rodea ni aún cuando sabe a la perfección que la vida no es igual sin él. No te importó una mierda que fuese yo la única que te suplicara que te quedaras, porque tú lo haces todo a tu manera, necesitas llenar tu espíritu de misterios sin resolver, de ángeles que te acabarán torturando, de besos y de balas, de sangre de cometa....”
También es bien cierto que un día creí que volvería, que podría regresar a tu telar para contarte mi caminar mientras me tejes uno de esos escudos contra el desamor. Pero, a decir verdad, no sé si sigo vivo o si en cambio me he perdido para siempre entre agujeros negros. No sé si ahora mismo me creo, no sé si te conozco, ni siquiera sé qué clase de demonio sin escrúpulos te está escribiendo. Pero sé que hoy te echo de menos.
Tócame de una puta vez y arranca de cuajo toda mi vida...
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