jueves, 23 de julio de 2009

Un día más sin ti (Perro de guerra II)

Calla, no puedo oír tu voz. Me quema. Me da miedo. No quiero oírla si va acompañada de esos sollozos desesperados. No sigas, por favor. No me digas que lo sientes, no me digas que me esperas. Me duele tanto verte... ¿ Por qué ahora?

Siete de la mañana. La estridente y escandalosa alarma se abre entre la oscuridad con su insoportable chirrido, seguida no muchos segundos después por el grito seco del pobre diablo que juega a ser el último imaginaria de la madrugada. “¡ Compañía, diana!” Estoy tan hasta las pelotas de escuchar esas palabras que sin dudarlo saldría a patearle la boca hasta la saciedad. Pero el caso es que estoy despierto, boca arriba, murmurando algo ininteligible y tapado a más no poder. Las prisas del resto de compañeros en levantarse y salir apresuradamente al lavabo me obliga, muy a regañadientes, a botar de esta dura y rígida cama.

Ruido de taquillas, buenos días de rigor, caras sonámbulas, enjambre de ropa húmeda,...abro las persianas y tanto el cielo negro como la humedad que revolotea los focos me hunden un poco más el ánimo. Pero no puedo perder más tiempo con estas sandeces, mi pesar importa ahora casi tan poco como que afuera diluvia.
Minutos después me sorprendo frente a los enormes espejos del servicio, helado de frío pero sin camiseta, pringado de espuma de afeitar y de sangre por igual, y con una desquicia encima que por momentos me creo capaz de mandarlo todo a la mierda. El ajetreo me incomoda. Todos me incomodan.

Formación matutina y uniforme de gimnasia. Los mandos no parecen muy contentos hoy, y repasan con aire amenazante a la manada de hombres que ahora tratan de permanecer erguidos. Novedades, saludos....comienza un nuevo día. Otro más. Y es ahora cuando despierto realmente, cuando me doy cuenta de que a esto aún le queda mucho camino, mientras permanezco colgado de la barra de metal y chorreando toda la lluvia que me atiza descaradamente...

Abro los ojos. Solo unos centímetros me separan de la grava del suelo, y el olor a pólvora y a tierra mojada son casi mareantes. Con ademán de resignación, me ajusto el casco lo mejor que puedo y me incorporo. A mi lado encuentro al hombre con el que tengo que compartir fusil, sonriendo y ofreciéndome un cigarrillo que acepto y enciendo automáticamente. Hay gritos en la lejanía, reproches, y una nueva ráfaga de disparos levantando la humareda que me impide verte...

En la cantina por la tarde todo parece distinto: los soldados ríen, juegan a los videojuegos, comen, beben, dialogan, leen la prensa e incluso pelean. Las cervezas se amontonan en las mesas y las colillas humean en los rincones. En mi grupo, pierdo el hilo de la conversación antes incluso de darla por iniciada. De vez en cuando, un sorbo al vaso o una risa histérica me devuelve a su dimensión, pero no ocurre con mucha frecuencia, y siento que me apago lentamente como la tarde lo hace ante nosotros.

El frío me quema el cuerpo mientras me cubro el rostro con el pasamontañas y me coloco la mochila sobre el chaquetón impermeable. Solo mi propio aliento me proporciona calor. Suficiente. No te tengo, ¿recuerdas?

Noche estrellada, rasa, gélida. Estamos sentados debajo del enorme árbol donde nos han marcado el punto de partida. Es emocionante, hay algo en este momento que me hace sentir bien. Quizás sea la unión, o el silencio, o muy probablemente tu recuerdo parpadeando cerca de la lejana vista de la gran ciudad. Y esa es la única guía de la que sé hacerme cargo, la única brújula existente, la combinación de constelaciones indicada para llegar a ti. Pero ahora mismo no creo en ella. No creo en nada, y eso me hace mucho más fuerte de lo que piensas.

Mochila, botella de agua, jersey y cuello de camisa. Ocupo el último asiento de este autobús y me pierdo con el mp3. Necesito llegar a casa ya, y no sé para qué. Todo seguirá exactamente igual: fotos marchitas, cajones repletos de basura emocional, las navidades asomando por la esquina, canciones que me harán encharcar la mirada y tabaco para quemar mi pecho un poco más. Este es el sucio engaño de la sociedad. Y estoy dispuesto a ser enterrado por los fantasmas del pasado en cualquier momento....

¿Otra vez dormido? Seguro, ya que es en el único estado que consigo verte. ¿Por qué no llamas? ¿Qué ha cambiado? Mírame, me doy asco, no soporto este olor a colonia y mucho menos esta balada que me adormece. ¿ Por qué has desistido? No lo entiendo...aún puedo ver el teléfono llorando tu última llamada sin respuesta....¿Por qué soy tan egoísta y duro contigo?
Esto ha muerto sin remedio, lo sé, pero me acojona tanto asimilarlo que temo perder el control igual que te perdí a ti...