martes, 29 de septiembre de 2009

Con tu dulce armonía....

¿Quién dicta mi voluntad ahora?¿La fatídica ausencia parcial de sentimientos?¿O tú, que hace un rato que te has perdido entre la gente? No me preguntes por qué, pero no espero tu regreso. Te pongo en venta y sonrío. Parece mentira, ¿verdad?

El caso es que este lugar está sacándome de quicio. Con su ambigua oscuridad, capaz de zarandearme entre distintos mundos, a cuál más absurdo, y con su intratable desorden por todos los lados. Ni escucho música, ni escucho al imbécil que trata de convencerme para que no te abandone esta misma noche. Me limito a recorrer la estancia, a segar a fuego lento la soez sombra de tu endiosada, a intercambiar miradas con el ácido que navega en los ojos de la multitud. Me odio tanto que no soy capaz de abandonar....

Estoy apoyado en unos agrietados azulejos blancos. En el vacío que dejan mis ojos cerrados puedo escuchar aquellos sonidos, flautas y cuerdas que me devuelven la fuerza interior. Pero me encuentro tan apagado anímicamente que no entiendo su lenguaje. Tengo presente la cantidad de gente que me espera al otro lado de este océano tan pesado y gris, veo sus rostros, sus sonrisas forzadas y pintadas en máscaras de tragedia. Los aromas se mezclan de una manera sobrenatural, y empiezo a tener mucho frío... casi tanto como cuando regresaba a casa bajo la lluvia con tu desprecio y tu adiós por bandera...


Hoy el cielo está roto sin remedio, pero seguramente sea mejor así...