Cada día me sorprende más la mente humana. Sus cambios bruscos de sentido, capaces de convertir lunas de plata y sueños acariciados por pétalos de rosa en llanuras oscuras y en montones de polvo triste y gris. Sus violentas discusiones privadas, tratando de ahogarme en la más absoluta de las culpas, siendo señalado por el huesudo y amenazante dedo de la melancolía cada vez que vuelo alto perdiendo de vista los relojes de arena que me recuerdan que esto sigue. Y sigue igual.
Ahora se pierden entre dimensiones besos helados y vagas miradas secas, cada vez más opacas, más lejanas, sin recordar apenas toda la luz que desprendieron un día. No hay ganas de llegar a la cima, ni de ver qué demonios hay al otro lado de la colina. No importa la cantidad de desvíos que emanan en mi camino, sé perfectamente cuál es. Y ni la niebla ni mis ojos empañados lograrán despistarme. Pero hoy no quiero aceptar, ni asentir, no quiero muecas extrañas ni sonrojarme ante tu sonrisa. No tengo ganas de emborronar hojas blancas, ni de reanimar sentimientos en coma, y mucho menos de tratar de despellejar mi dolor con toques de tristeza al óleo. No. Ésta noche no me apetece verte en sueños, ni recordar todo lo que me quedó por hacer. No pienso pensar, no quiero querer, no creo creer en nada. Otra vez me ganan la partida con sucias trampas y escandalosas risas sarcásticas. ¡Nunca me acostumbraré!
Me obligo a escuchar canciones que no debo y a escribir todo esto, sin ganas, sin el más mínimo gesto en mi cara, sin tener claro qué es lo que está naciendo por aquí dentro y qué es lo que agoniza. Sin tener claro quién soy, quién debería ser, quién puedo ser, quién puedo llegar a ser. Con la extraña sensación de estar desafiando al destino, poniendo todo del revés y paseando por terrenos muy poco fiables.
El sueño acecha de cerca sin perder ninguno de mis desganados movimientos y el cansancio planta sus raíces. Es bueno sentir todo esto de vez en cuándo, estoy absolutamente convencido de ello. Me hace bien hundirme con el día a día y con la vulgaridad, así que una vez más volveré a dormir sabiendo que he hecho lo que debía, autoengañándome, perdiendo terreno y conciencia a la par bajo el frío, bajo el dolor de pecho, bajo tu pie descalzo reposando sobre sábanas de invierno........
Nochebuena. Noche previa al día de Navidad. Típica, mágica, con duende. Al menos, en algún momento fue así. Porque la ciudad sigue gris, opaca, con ganas de levantar su copa hacia algunos sueños que ni pudo ni supo nunca alcanzar. Nublada por la monotonía que se expande como la niebla, inspirada por la humedad que envuelve los faroles, harta de hacer volar las palomas de la ilusión a cielo abierto una vez y otra vez.
Y ahí se encuentra mi mundo, aquel que la mente se resiste a cerrar, con sus ventanas de madera maciza helada, sus horizontes lluviosos y sus mañanas de éxtasis. Un laberinto de sentimientos y canciones queda abierto de nuevo ante mi sombra cansada. Puedo oírte, puedo percibir lo que me quieres decir dentro de esa ráfaga de aire que me regalas al pasar, fugaz, a mi lado. Deshojo tus secretos con el recuerdo y tú ni te das cuenta. Se que hay una armonía celeste en tu mirada perdida, un cuento en cada gesto, y un punzante presentimiento que te recité en voz baja mientras dormías......
No le temo a nada mientras me quede todo eso, por muy moribundo que se encuentre, por muy lejano que me quede ya aquel andén. Sólo al tiempo. A los relojes que nos separan a todos un poco más de nuestro verdadero amor, de nuestros principios y de nuestra propia naturaleza. Hay mitos muertos y condenados idolatrados, verdugos escribiendo poesía y corazones acribillados en cada alto en el camino. No hay concesiones a la imaginación, ni a la magia, ni a los guiños del destino. No sé a qué huele tu imagen en la nada ni dónde yacen los latidos de la ilusión. Desconozco si el hoy tiene algo que ver conmigo o si habrá un mañana.....Pero me asombra lo vivas que siguen todas éstas cosas en una noche como ésta......
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