sábado, 23 de mayo de 2009

Uno más en el club

Amanece extraño hoy.

Hay flores muertas y estelas de perdedor sobre la cama deshecha. Son quizás lo que queda de ti, o de ti, y quizás de ti también. Un líquido rosa chapoteando en mis horas de desvelo, una llamarada de sonrisa fatal perdiendo el equilibrio entre ideas. La tormenta ha descargado con fuerza sobre la plaza y ha levantado el polvo de la nostalgia. O seguramente la nostalgia de la nostalgia, porque ya no sé dónde han quedado todas aquellas condenas y cadenas, toda esa antigua y conocida predisposición a tocar fondo, a agonizar como los posos del café.

La luz eléctrica que se cuela entre la densa penumbra no me distorsiona el pensamiento, y las ganas de verte son sólo el sonido de las gotas resbalando por la ventana. En mi fantasía, puedo uniros y separaros a mi antojo y empapar vuestros flequillos con la lluvia. Hay demasiados cosas inexplicables a mi alrededor como para detenerme a analizar el por qué ya no existes, ni siquiera en esos pedazos de papel amarillento.

Mi tristeza linda con mi éxtasis, mi ego desemboca en mis ruínas y el recuerdo desnuda al olvido. Es todo tan simple que soy yo el que se complica, una vez más, extrayendo el veneno de los días pasados y sirviéndolo en bandeja, agridulce. Pero lo hago riendo abiertamente, casi con maldad, con ese aire despreocupado con el que anoche te protegí de la gélida brisa marina y de la oscuridad más acogedora...

Me pongo la primera camiseta arrugada que encuentro al paso y salgo de casa con la mirada fija en la humedad que cubre los edificios. Suena una triste melodía en mi mente que me hace apretar los dientes con disimulo, pero no detengo el paso. Por un momento, creo volver a estar desenterrando piedras en el patio del colegio, consumiendo sueños, proyectando y rebobinando ilusiones....

De nuevo, hago como si te escucho, pero no es así. Un paso más y seré libre al fin.