sábado, 23 de mayo de 2009

Pues claro que lo recuerdo

Creí volver a estar años atrás, en el mismo lugar y la misma hora donde te tuve tan cerca. No me lo esperaba ni por asomo, pero fue como un fogonazo que me descolocó la mirada sin darme tiempo para analizarlo. De un plumazo, en tus ojos entrecerrados podía ver el frío incrustado en los cristales del coche, la humedad calmada haciendo siniestras las farolas y la oscuridad cayendo con todo su peso sobre mi conciencia.

Me quedé paralizado, perplejo ante tanta belleza junta, ante un torbellino de recuerdos y sensaciones que volvió a hacerme dudar sobre lo que quería realmente. Todas tus incógnitas e interrogantes fluían una a una por el manantial de tus labios, tantas y tantas preguntas cosidas y palabras camufladas que se contorneaban en mi memoria, incapaces de hilar algo coherente. De una forma nebulosa y apática, el miedo irracional a no tenerte nunca más regresó a mi como lo había hecho durante aquellos meses de invierno.....

El tiempo había planeado raso sobre nosotros y yo, con todo aquello casi seco, me había hecho a la idea de que también había fumigado sin piedad nuestra historia sin sentido. Pero vi que no era así. Querías decírmelo, pero no sabías cómo. Y yo también necesitaba susurrártelo, de alguna manera u otra. Estoy seguro que fue entonces cuando un sentimiento mutuo se elevó desde nuestra posición y se dejó iluminar por la mortecina luz de la avenida. Fue entonces cuando se reunieron de nuevo todos los artistas para dedicarnos sus canciones y el destino nos abría un camino lleno de hierbajos muertos donde un día dormimos amparados por un amanecer que dolía como un golpe de puñal.

Y quise grabar en mi temblorosa retina cada uno de tus suspiros, el delicado movimiento de tus manos perdiéndose entre la música. Incluso en ese estado de semi- inconsciencia capté que estaba escribiendo unas páginas que debería considerar muy atentamente. Pero simplemente no fui capaz. Había lágrimas que corrían hacia dentro, rumbo a un fuego helado que crepitaba en mi pecho. El aroma de tu cuello, tan familiar como novedoso, se calaba entre el cuero de mi chaqueta y me convencía, una vez más, de que ahí seguía, intacta y frágil como siempre, mi perdición más ansiada.

Rock ochentero de vuelta al barrio. Podría haber pasado horas y horas sin moverme, con este triste brazo en el volante y el otro tímidamente agarrado al asiento, solamente viendo pasar los edificios y contemplando como las gotas se acumulan en el cristal. Me estás hablando al oído. Me dices con voz forzada que no te importo ni la más mínima de las mierdas, que todos esos detalles estúpidos no significan nada para ti, y que, de hecho, te ha bastado subir los primeros dos escalones de tu portal para olvidarlo y deshacerte de mi abrazo sin contemplaciones....

Asiento en silencio. No te creo. Por más que le doy vueltas, no logro entenderlo. Soy incapaz de mirar aunque sea de reojo a tu interior más superficial, siempre tan impotente al no poder escucharte....
Pero mi mano no roza tu rodilla, sino ese trozo de tela desgastada y gris que cubre el tapizado del vehículo. Hace rato que te dejé. Enciendo el último cigarrillo de la noche y recuerdo esa última sonrisa opaca tras los ventanales de tu finca.....
Tengo la amarga sensación de haber visto morir agonizante a una época de un tiro a quemarropa.
¿Realmente he creído alguna vez en esto?


Me echaría a la basura ahora mismo. Pero estoy tan cansado.....